Un adiós desde el Amor

Alguien a quien escucho frecuentemente dice que la mejor manera de saber si hemos aprendido algo es verificando. Pues el diciembre que acaba de pasar tuve la manera de comprobarlo.

Cuando tenía 17 años murió mi mamá. Sin esperarlo, en un instante, toda mi vida cambió. Literalmente muchas cosas debieron empezar nuevamente y este precipitado encuentro con la muerte fue mi primer acto de consciencia: entendí y acepté que la vida es hoy, que un instante tienes a alguien y mañana no, que hoy le puedes decir que la amas y horas después quizás no.

Mi mamá se marchó, físicamente hablando, pero me dejó a su hermana, mi amada tía y madrina que desde ese momento se convirtió en una figura materna, cuidándome, consintiéndome, extendiendo el calor de su hogar para mí, estando conmigo cada vez que la necesitaba, abrazándome con su amor en momentos difíciles y compartiendo también los felices.

Pues hoy, después de muchos años de temer perderla, finalmente partió a encontrarse con mi mamá. Estoy totalmente segura que ella salió a recibirla en esa dimensión donde todo es mejor.

En esta oportunidad la muerte no me tomó desprevenida. Durante las últimas semanas de su vida creamos con mi tía momentos muy especiales, de conexión verdadera, de conversación de corazón a corazón, de decir lo que sobraba y lo que faltaba y ante todo de agradecerle su permanente e infinito amor hacia mí. Que despedida tan maravillosa, que lección tan mágica… el Amor superando la tristeza.

Pocos días después de despedirla me senté frente al mar, mirando ese horizonte donde ella iniciaba su trascender, respiré lenta y profundamente, sentí su presencia y con lágrimas en mis ojos le afirmé que mi tristeza era porque la extrañaba y que la tranquilidad que sentía en mi corazón era por la certeza de que ella ahora, era muy feliz.

  ¿No es mágico? Verificar que la aceptación del proceso del otro nos da la confianza de que todo es como debe ser.

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